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Durante los años 1998 y 1999 viajé a Perú para recorrer la Cordillera Blanca, sistema montañoso que posee la característica de ser la cordillera tropical más alta del mundo.
"Un momento en la Cordillera Blanca" es el texto que escribí algunos meses luego de regresar de mi segundo viaje.
"Ya pe kutimur". Han pasado mas de tres meses desde que escuché esas palabras y aun resuenan en mis oídos.
Observo el pueblo de Huaripampa desde el promontorio de la cruz. Unas pocas casas de adobe y techo de paja en los faldeos de la montaña.
Es la cuarta jornada en el trekking desde Cashapampa a Vaquería y el esfuerzo es mas bien suave; la parte más complicada ya fue superada y es otro el paisaje que miro. Muchas personas observan mi paso y siento que algunos niños caminan detrás. Casi 4.000 metros de altitud, el oxigeno escasea, y ellos, y lo que los rodea parecen no tener conciencia de esta realidad que mi cuerpo reconoce.
Mientras descanso veo un niño que camina cargando una pesada herramienta y un libro. ¿De dónde vienes? Le pregunto, "desde la escuela y ahora voy al campo a trabajar" me contesta. Su respuesta es como un remezón grado 12 en la escala de Mercalli, pero todavía no he logrado reponerme de los niños que corren gritando "¡gringo, regálame un caramelo!
Recuerdo que el año pasado otros niños me gritaban lo mismo y ahora ellos son los padres de estos nuevos chiquillos que a pie descalzo corren a mi encuentro. Los lentes de montaña no se apartan de mi rostro y se convierten en coraza ante miradas hacia mi sensibilidad.
Media hora atrás un niño corrió mientras gritaba algunas palabras en quechua, estableciendo un dialogo con Fidencio (nuestro porteador) a lo que el respondía "Ya pe kutimur". Pocas palabras conozco en ese idioma, pero el rostro y las manos del chiquillo me indicaban que lo que hablaba tenía gran importancia.
Le pido que me traduzca el dialogo, pero Fidencio no quiere. Me dice que mejor es no saber, que me puede dar pena. Yo insisto y me dice que aquel niño a quedado huérfano el invierno pasado y que su madre no es capaz de alimentarlos a él y sus hermanos, y pide algo de alimentos o de dinero. Evoco la imagen de mi hija, pequeña y dependiente que me estira sus brazos para que la cargue y la mime. El chiquillo también estira sus brazos pero es una súplica.
Ya pe kutimur es una promesa, y una promesa es mejor que nada, me dice Fidencio.
Una promesa de andinista en la montaña, no puede dejar de cumplirse, le contesto.
Ya pe kutimur quiere decir cuando regrese, concluye mi amigo.
